Por Osvaldo Reyes
En los pasillos donde debería habitar la firmeza de la ley, hoy crece otra sombra: la de la indignación. Y no nació de una sentencia, ni de un expediente, ni de una audiencia suspendida. Nació de un arbolito de RD$11 millones, convertido en símbolo de un malestar más profundo.
Mientras en algunos tribunales sobran grietas, faltan abanicos, escasea el personal y la carga laboral ahoga a jueces y servidores judiciales, la imagen de una costosa decoración navideña se levanta como una metáfora incómoda: lo ornamental brillando donde lo esencial parece apagarse.
No es el árbol lo que duele. Es lo que representa.
Porque cuando la justicia camina entre oficinas improvisadas, estrados deteriorados y retrasos que afectan a quienes esperan respuestas, cada gasto superfluo pesa más que una cifra; pesa como distancia entre la administración y la realidad.
Un árbol, por naturaleza, simboliza vida, esperanza y crecimiento. Pero este terminó sembrando preguntas. ¿Cómo se explican millones en adornos mientras persisten carencias básicas? ¿Cómo pedir paciencia cuando la estructura parece inclinarse más hacia la imagen que hacia la necesidad?
La protesta de jueces y servidores no solo fue un reclamo salarial. Fue también un eco de cansancio, una advertencia silenciosa de que la justicia no puede sostenerse únicamente en discursos institucionales mientras sus bases muestran desgaste.
Quizá el verdadero problema no esté en las luces del arbolito, sino en las sombras que dejó ver.
Porque cuando lo decorativo resalta más que la dignidad laboral y la funcionalidad del sistema, la discusión deja de ser navideña y se convierte en una reflexión sobre prioridades.
Y en la justicia, como en la vida, lo que más importa no siempre es lo que más brilla… sino lo que verdaderamente sostiene la estructura.








