Por Lissette Lantigua
El embarazo suele pintarse como una espera de paz, pero para mí, fue una travesía de resistencia. Fue aprender a amar en medio de la incertidumbre, entregando cada miedo a Dios mientras mi cuerpo libraba sus propias batallas. Hoy quiero compartirles los tres momentos donde el temor intentó ganarme la partida, y cómo la fe me mantuvo en pie.
El primer susurro del miedo
Todo comenzó apenas supe que venías en camino. En esa primera semana, el mundo se detuvo con un sangrado inesperado. «Amenaza de aborto«, dijeron. En esos días de reposo forzado, mi mente era un hervidero de preguntas: ¿Por qué ahora? ¿Qué pasará si…? El silencio de la habitación era pesado, pero en ese vacío, decidí soltar el control. Entregué tu salud a Dios y, poco a poco, ese primer obstáculo quedó atrás.
El susto que me robó el aliento
La segunda prueba llegó tras unos días de descanso. Apenas regresaba de vacaciones cuando un sangrado fuerte, repentino y violento, me mandó corriendo al baño de un centro médico. Sentí que el corazón se me salía del pecho. Recuerdo las caras de las jóvenes en recepción, la prisa de la doctora y un término que en ese momento no lograba comprender: placenta previa.
Me ingresaron cuatro días. Cuatro días de aislamiento donde la incertidumbre era mi única compañía. Lloraba a solas, sintiendo el peso de una culpa injusta: ¿Habrán sido las vacaciones? ¿Hice algo mal? Ver el progreso «en reserva» alimentaba mi ansiedad, pero una vez más, la vida se abrió paso y logramos superar esa segunda recaída.
El último adversario: La traición del cuerpo
Cuando pensaba que el camino se despejaba, apareció la presión arterial en la semana 33. Lo que empezó con una pastilla se convirtió en un cóctel de tres medicamentos diferentes para la semana 36. Pero mi cuerpo ya no podía más. En la semana 37, la preeclampsia severa nos obligó a una cesárea de emergencia.
Esos fueron los «traidores» de mi embarazo. Momentos donde el miedo a perderte era casi imposible de alejar, pero donde la mano de Dios nunca nos soltó. Al final, cada lágrima y cada monitoreo valieron la pena por el milagro que hoy tengo en mis brazos.





