Por: Brandy Berroa
La eficiencia energética puede comenzar apagando una bombilla que no necesitamos. Pero la eficiencia social comienza cuando dejamos de desperdiciar algo todavía más importante: la responsabilidad. Una sociedad no puede sostenerse solamente con ciudadanos que saben reclamar. Necesita ciudadanos que sepan cumplir.
“Somos muy buenos reclamando derechos, pero todavía tenemos que aprender a cumplir deberes”
Hay conversaciones que comienzan hablando de una cosa y terminan llevándonos a otra mucho más profunda. En los últimos días, la eficiencia energética ha vuelto a ocupar espacio en los medios de comunicación. Representantes de EDEEste, entre ellos Christian Pérez, gerente de Lectura y Facturación, y Rosa Ventura, gerente de Gestión Comercial, han compartido recomendaciones sobre cómo controlar el consumo eléctrico y adoptar mejores hábitos, especialmente en períodos de altas temperaturas, cuando aumenta el uso de aires acondicionados, abanicos y otros equipos eléctricos.
Hasta ahí, hablamos de electricidad. Pero quizás la conversación debería llevarnos un poco más lejos.
Porque detrás de una factura, de un medidor, de un electrodoméstico encendido o de un consumo que aumenta, hay algo que como sociedad necesitamos discutir con mayor frecuencia: la responsabilidad ciudadana.
¨La eficiencia energética puede comenzar con un bombillo apagado, pero la responsabilidad ciudadana comienza cuando entendemos que todo derecho viene acompañado de un deber¨.
Somos muy buenos reclamando derechos.
Y eso, en principio, no tiene nada de malo. Una sociedad saludable necesita ciudadanos capaces de exigir servicios de calidad, reclamar cuando algo no funciona, pedir respuestas y demandar que las instituciones cumplan con sus responsabilidades. El problema aparece cuando nuestra lista de derechos crece mucho más rápido que nuestra lista de deberes.
Queremos un buen servicio eléctrico, pero debemos recordar que también existe la responsabilidad de utilizar legalmente la energía, pagar por el servicio recibido y evitar prácticas que afectan al sistema y a quienes sí cumplen.
No se trata de decir que todos los problemas del sector eléctrico son responsabilidad del usuario. Sería una conclusión simplista e injusta. Las empresas distribuidoras también tienen responsabilidades: deben mejorar sus procesos, atender a sus clientes, invertir, corregir fallas, transparentar sus procedimientos y trabajar para ofrecer un servicio cada vez más eficiente.
Pero la responsabilidad también funciona en sentido contrario. Una relación de servicio no puede sostenerse solamente sobre lo que uno exige del otro. Y ahí comienza la conversación incómoda.
Porque el fenómeno no se limita a la electricidad.
Queremos calles seguras, pero muchas veces reclamamos seguridad mientras ignoramos las normas de tránsito. Queremos una ciudad limpia, pero todavía hay quienes entienden que la acera, el solar vacío o la esquina son una extensión de su zafacón. Queremos instituciones eficientes, pero algunas veces buscamos atajos para evitar procedimientos que consideramos inconvenientes. Queremos educación de calidad, pero no siempre estamos dispuestos a acompañar a nuestros hijos en el proceso educativo.
Queremos respeto, pero respondemos con insultos cuando alguien piensa diferente. Queremos justicia, siempre que la decisión nos favorezca. Y queremos que los demás cumplan las reglas, mientras encontramos una explicación para justificar nuestra propia excepción.
Tal vez uno de nuestros mayores desafíos como sociedad no sea aprender cuáles son nuestros derechos. Es aprender que los derechos también vienen acompañados de grandes responsabilidades (paráfrasis de la frase del Tío Ben a Peter Parker en la película El Hombre Araña, 2002 de Marbel Comics).
En el sector eléctrico, durante años se ha hablado de pérdidas, fraude, conexiones ilegales, dificultades de cobro y otros factores que afectan la sostenibilidad del servicio. Es un problema que tiene dimensiones técnicas, económicas, legales, institucionales y también culturales.
Porque detrás de cada conexión regularizada hay una pregunta mucho más sencilla: ¿estamos dispuestos a construir una cultura donde hacer lo correcto no dependa de que alguien nos esté vigilando?
La eficiencia energética puede comenzar apagando una bombilla que no necesitamos. Pero la eficiencia social comienza cuando dejamos de desperdiciar algo todavía más importante: la responsabilidad.
Una sociedad no puede sostenerse solamente con ciudadanos que saben reclamar. Necesita ciudadanos que sepan cumplir.
Y esto comienza mucho antes de llegar a una institución pública, una oficina, una empresa o una ventanilla. Comienza en la casa.
Un niño observa cómo sus padres reaccionan cuando reciben una factura, y el papá toma el celular y marca al señor que le llaman ¨brigadista de la CDE¨. Observa si respetan una fila. Observa si devuelven algo que recibieron por error. Observa si cumplen una promesa. Observa si hablan de honestidad mientras encuentran maneras de justificar sus propias pequeñas trampas.
Porque nuestros hijos no solamente aprenden de lo que les decimos. Aprenden de lo que normalizamos. La Biblia enfatiza “Pagad a todos lo que debéis: al que tributo, tributo; al que impuesto, impuesto; al que respeto, respeto; al que honra, honra.” Romanos 13:7
Y quizás aquí esté la verdadera discusión.
No necesitamos una sociedad donde nadie reclame sus derechos. Necesitamos una sociedad donde reclamar un derecho y cumplir un deber sean dos caras de la misma ciudadanía.
El usuario tiene derecho a recibir un servicio. La empresa tiene el deber de prestarlo correctamente. Pero el usuario también tiene deberes frente al servicio que recibe.
El Estado tiene responsabilidades frente al ciudadano. Pero el ciudadano también tiene responsabilidades frente al Estado y frente a los demás.
La convivencia funciona cuando entendemos que no vivimos solamente para recibir de la sociedad, sino también para aportar a ella.
Por eso, cuando hablamos de eficiencia energética, quizás deberíamos hablar de algo más grande: de eficiencia ciudadana.
De aprender a consumir responsablemente. De pagar responsablemente. De conducir responsablemente. De trabajar responsablemente. De educar responsablemente. De ejercer nuestra libertad responsablemente.
Porque una sociedad no cambia únicamente cuando sus instituciones mejoran. También cambia cuando sus ciudadanos deciden mejorar.
Quizás ha llegado el momento de hacernos una pregunta diferente.
No solamente: “¿Qué me corresponde?”
Sino también: “¿Qué me corresponde hacer?”
«No preguntes qué puede hacer tu país por ti; pregunta qué puedes hacer tú por tú país.» John F. Kennedy, presidente de los Estados Unidos.
Porque reclamar nuestros derechos es importante. Pero cumplir nuestros deberes también lo es. Y una sociedad madura no es aquella donde todos saben exigir. Es aquella donde cada ciudadano entiende que antes de preguntarse qué puede recibir, también debe preguntarse qué está dispuesto a aportar.
Al final, la eficiencia energética puede ayudarnos a pagar menos electricidad. Pero la responsabilidad ciudadana puede ayudarnos a construir un país mejor.
Y esa factura sí nos corresponde a todos.




