Por: Brandy Berroa
Hoy el país vuelve a centrar su atención en la promulgación de un nuevo Código Penal. Durante meses hemos presenciado debates intensos, posiciones encontradas y opiniones provenientes de los sectores políticos, religiosos, empresariales y sociales. Para algunos representa una conquista; para otros, una oportunidad perdida. Sin embargo, mientras el debate gira en torno a los artículos de una ley, temo que estemos pasando por alto la verdadera discusión que la República Dominicana necesita tener.
Nuestro país necesita mucho más que un nuevo Código Penal
Necesita una nación donde la justicia no dependa del apellido, del poder económico o de la influencia política. Necesita instituciones que no solo conozcan la ley, sino que tengan el valor de aplicarla con imparcialidad. Necesita funcionarios que entiendan que el servicio público no es un privilegio para enriquecerse, sino una responsabilidad para servir.
La promulgación de un nuevo Código Penal puede ser un paso importante. Las leyes son necesarias porque establecen límites, sanciones y orden. Pero la historia nos ha demostrado una verdad innegable: el papel lo aguanta todo. Podemos redactar el mejor código del continente y, aun así, seguir padeciendo las mismas injusticias si quienes deben cumplirlo o hacerlo cumplir carecen de principios.
Una nación agotada y la necesidad de una revolución de integridad
Nuestro país está cansado
Cansado de los abusos de poder, de la corrupción que cambia de rostro, de la impunidad que muchas veces parece tener más fuerza que la justicia. Cansado de ver cómo, en ocasiones, los derechos de unos parecen valer más que los de otros. Cansado de sentir que la ley llega con rapidez para algunos, mientras para otros nunca llega.
Ningún código, por sí solo, puede devolver la honestidad a quien decidió perderla. Ninguna reforma puede obligar a alguien a actuar con ética cuando ha renunciado a ella. Ninguna ley sustituye una conciencia formada en valores.
Lo que realmente necesita la República Dominicana es una revolución de integridad
Necesitamos líderes que entiendan que el poder es una oportunidad para transformar vidas y no para obtener beneficios personales
Necesitamos servidores públicos comprometidos con el bien común; jueces independientes; fiscales valientes; policías honestos; maestros que formen ciudadanos y familias que enseñen a sus hijos que hacer lo correcto vale la pena, en un mundo que ya no lo celebra. Porque las grandes naciones no se construyen únicamente sobre códigos; se construyen sobre carácter. Las leyes pueden castigar el delito, pero solo los valores pueden prevenirlo. Las cárceles pueden encerrar al delincuente, pero únicamente la educación, la familia y la fe pueden formar ciudadanos íntegros.
Más que modificar artículos, necesitamos transformar corazones. Más que endurecer penas, debemos fortalecer la conciencia colectiva. Más que celebrar una promulgación, debemos comprometernos a vivir con justicia, solidaridad, respeto y responsabilidad.
El verdadero potencial dominicano y el desafío del futuro
La República Dominicana posee un enorme potencial
Somos un pueblo trabajador, creativo, resiliente y profundamente solidario. Lo demostramos cada vez que una comunidad se une para ayudar a quien lo ha perdido todo; cuando miles de jóvenes estudian y trabajan para salir adelante; cuando servidores públicos realizan su labor con excelencia sin esperar reconocimiento. Esas personas representan la mejor versión del país y por ellas vale la pena seguir creyendo que una República Dominicana diferente es posible.
La promulgación del nuevo Código Penal puede marcar el inicio de una nueva etapa institucional
Ojalá así sea. Pero sería un error pensar que el futuro del país depende únicamente de un texto legal. El verdadero cambio comenzará el día en que la justicia aún con los ojos vendados continue viendo en la oscuridad; cuando la honestidad deje de ser noticia y se convierta en costumbre; cuando los que están en eminencia dejen de tener privilegios y alcancen a todos por igual; cuando el servicio prevalezca sobre el interés personal; cuando la integridad vuelva a ser un requisito para ejercer el liderazgo y no una cualidad excepcional. Ese día habremos entendido que la grandeza de una nación no depende solamente de las leyes que escribe, sino de los valores que decide vivir.
Mientras tanto, seguiremos descubriendo una realidad que ninguna reforma podrá ocultar: el mayor desafío de la República Dominicana no está escrito en un código, sino en el corazón de quienes tenemos la responsabilidad de construirla cada día. «Bienaventurada la nación cuyo Dios es Jehová; el pueblo que él escogió como heredad para sí.» (Salmos 33:12). Gentes que decidan poner su fe como los primeros padres de la patria en Dios como el creador de la ciudadanía responsable.
Hoy necesitamos hablar menos de cómo castigar y más de cómo prevenir; menos de endurecer penas y más de fortalecer familias; menos de señalar culpables y más de formar ciudadanos; menos de discutir únicamente artículos legales y más de construir una cultura donde la verdad, la honestidad, la responsabilidad y el respeto sean parte de nuestra identidad nacional.
Necesitamos personas capaces de tomar decisiones pensando en las próximas generaciones y no únicamente en las próximas elecciones.




