La silla es plástica. Está colocada contra la pared, justo al lado de la puerta. Desde ahí se ve todo: quien entra, quien sale, quien pasa sin mirar. El hombre que la ocupa lleva horas en el mismo punto. A veces se pone de pie. A veces camina unos metros y vuelve. Nadie le pregunta cuánto tiempo tiene ahí.
Son las 7:00 de la noche cuando Manuel (nombre ficticio) empieza su turno. Afuera, la ciudad se apaga poco a poco. Adentro, su jornada apenas comienza. Tiene casi dos años trabajando en seguridad privada y hoy supervisa un equipo de nueve hombres en el servicio principal. En total, son trece si se cuentan otros puntos donde también operan.
“Trabajamos 12 horas. Todos”, dice. En su caso, siempre de noche: de 7:00 p. m. a 7:00 a. m. Una rutina que no cambia, aunque cambien los días o los feriados. Pero el turno no siempre termina cuando debería. “Si el relevo no llega, uno no puede irse. Aunque dure 24 horas o más, hay que quedarse”. La regla es simple: el puesto no puede quedar vacío.
Salarios, horas y el peso de la responsabilidad
Manuel forma parte de una empresa de seguridad privada contratada por terceros. Mientras el salario base en su empresa ronda los RD$24,630, en el servicio que supervisa, el ingreso neto de los agentes baja a entre RD$13,500 y RD$13,800. A esto se suman descuentos por uniformes (botas, pantalón, camisa) e incluso la comida.
Las horas también son motivo de reclamo. “Una hora normal se paga entre 76 y 78 pesos. Pero la nocturna debería ser más cara, entre 90 y 96”, dice. Asegura que en muchas compañías esa diferencia no se respeta. Además, la responsabilidad es material: tiene bajo su control seis armas de fuego. “Cada una cuesta unos 60,000 pesos. Si se pierde una, te cobran el doble”, explica.
Un riesgo latente y la falta de respaldo
Este trabajo no solo es largo, también expone. En mayo de 2023, un agente murió durante un asalto a una farmacia en la autopista Juan Pablo Duarte. Es una posibilidad constante. A esto se suma la ausencia de gremios: “No hay una asociación que nos defienda”, dice Manuel. La estructura controla el cumplimiento de normas, pero no protege al trabajador.
Más allá de los números, está la invisibilidad social. Alberto (nombre ficticio), un vigilante que falleció recientemente, era conocido por su amabilidad y por adelantarse a las necesidades de los usuarios. Sin embargo, de los cientos que pasaban por su garita diariamente, solo una persona asistió a su velatorio.
“Hay gente que te saluda. Pero hay otros que ni te miran”, dice Manuel. “Como que uno no existe”. La ciudad funciona así: con hombres de pie mientras otros duermen, sosteniendo una rutina que solo se nota cuando alguien falta.







