No suelo escribir ni dejar memoria de mis pensamientos, a menos que se trate de opiniones que me sean solicitadas formalmente, o bien de informes que, por la naturaleza de mis funciones públicas, se me requiera rendir.
Sin embargo, en esta ocasión siento que debo dejar algunas notas sobre las distintas personalidades que he tenido la oportunidad de tratar a lo largo del tiempo. He aprendido a identificar, con claridad, dos formas humanas de actuar: una antes de llegar al poder, y otra completamente distinta después de haberlo alcanzado.
Durante este trayecto he conocido personas maravillosas, pero también otras profundamente malagradecidas, hipócritas, manipuladoras, egoístas y falsas. He visto cómo algunas figuras, al escalar posiciones, olvidan promesas, traicionan convicciones y abandonan a quienes los ayudaron a llegar. El poder revela el carácter.
Estas reflexiones no excluyen a ningún nivel: afectan tanto a cargos políticos como a los de administración pública, financieros, electivos o delegados.
Mientras escribo esto, aclaro que no lo hago con animosidad particular hacia nadie, mucho menos con resentimiento. Simplemente, siento la necesidad de señalar patrones que se repiten con frecuencia entre quienes participan de la vida política del país.
He aprendido, por ejemplo, a valorar el pensamiento y el legado de figuras como el Dr. José Francisco Peña Gómez, quien creía firmemente en el trabajo continuo y el contacto directo con las bases, lo que le permitía retroalimentarse y tomar decisiones acertadas.
Espero que estas líneas no se interpreten como un juicio moral o personal. No es mi intención señalar nombres ni emitir condenas. Solo pretendo aportar una mirada introspectiva sobre el comportamiento humano, sobre todo cuando este se ve influido por las circunstancias del poder.
Ahora bien, si de cuestionamientos se trata, debo decir que cuando se tiene «opinión», surgen dos comportamientos claros: uno es el que se manifiesta entre compañeros de partido, y otro muy distinto es el que se presenta una vez se ostenta el poder. Este último suele estar marcado por el olvido de promesas, la desvinculación de las bases y la pérdida de contacto con la realidad que se prometió transformar.
Esta conducta debilita al liderazgo, dejando al gobierno sin el respaldo de la base que lo impulsó. El resultado es una escasa o nula defensa ante cualquier cuestionamiento que surja del mismo hecho de gobernar. Este fenómeno se ha evidenciado con distintas medidas en los últimos tiempos.
Dejo estas líneas como testimonio. No como reproche, sino como ejercicio de honestidad intelectual.





