Por Osvaldo Reyes
Hay relaciones entre países que se escriben con tratados, y otras que se dibujan lentamente en el mapa de la historia. La que une a la República Dominicana con los Estados Unidos parece pertenecer a ambas categorías: una mezcla de diplomacia, interés estratégico y necesidad mutua.
En los últimos años, bajo la administración del presidente Luis Abinader, ese vínculo se ha vuelto más visible, más intenso, casi inevitable. Visitas diplomáticas, acuerdos económicos, proyectos tecnológicos y cooperación en seguridad han tejido una red cada vez más densa entre Santo Domingo y Washington.
En ese tablero geopolítico, el liderazgo del presidente estadounidense Donald Trump ha impulsado nuevas iniciativas regionales, como la cumbre “Escudo de las Américas”, que busca levantar un frente común contra el crimen organizado que atraviesa fronteras con la misma facilidad que el viento del Caribe.
Pero las relaciones entre naciones nunca son solo reuniones y discursos. También son gestos, decisiones y silencios.
Mientras se firman acuerdos contra el narcotráfico y se fortalecen las operaciones de seguridad, la isla caribeña también abre sus puertas a proyectos que miran hacia el futuro: cables submarinos, centros de intercambio digital impulsados por empresas como Google, o el ambicioso sueño de un puerto espacial en Pedernales junto a Launch On Demand.
De pronto, un país que históricamente fue puerto de azúcar y tabaco comienza a imaginarse también como puerto de datos, tecnología y hasta de cohetes.
La cooperación llega incluso al terreno más sensible: la seguridad regional. Las operaciones conjuntas contra el narcotráfico, en coordinación con la Drug Enforcement Administration, colocan a la República Dominicana en una posición estratégica dentro de la lucha hemisférica contra el crimen organizado.
Pero toda cercanía tiene su paradoja.
Mientras la diplomacia celebra la alianza, el comercio recuerda que las relaciones internacionales rara vez son simples. La imposición de aranceles del 10 % a productos dominicanos muestra que incluso entre aliados el interés nacional pesa más que la retórica.
Es la vieja lección de la política exterior: los países no tienen amigos permanentes, sino intereses permanentes.
Y aun así, la relación persiste.
Desde los tiempos en que ambos países comenzaron a tejer vínculos diplomáticos, hace casi siglo y medio, hasta los actuales debates sobre minerales críticos, semiconductores o rutas digitales, la historia parece empujar a la República Dominicana a gravitar cerca del poder estadounidense.
Quizás porque la geografía también es destino.
O quizás porque en el Caribe, donde las corrientes del comercio, la seguridad y la tecnología se cruzan, ningún país puede navegar completamente solo.
La pregunta que queda flotando no es si la alianza continuará —todo indica que sí—, sino cómo lograr que esa cercanía fortalezca la soberanía y no la diluya.
Porque entre el vuelo del águila y la sombra de las palmas caribeñas, la República Dominicana sigue buscando su propio rumbo.





