Por Osvaldo Reyes
Lo ocurrido la noche del jueves en el Estadio Olímpico Félix Sánchez dejó una imagen que República Dominicana no debería normalizar.
Un estadio renovado, preparado para recibir grandes eventos y abarrotado para un partido internacional terminó rodeado de escenas de empujones, aglomeraciones y accesos forzados antes de que comenzara el encuentro entre República Dominicana y Haití.
Videos y reportes periodísticos mostraron grupos de aficionados avanzando de manera desordenada hacia el interior del recinto. Algunas informaciones atribuyeron a seguidores haitianos la ruptura de una de las puertas de entrada, aunque las autoridades y los organizadores todavía deben ofrecer un informe detallado sobre lo ocurrido.
Y ahí está el punto.
Celebrar a una selección, cantar, tocar cornetas y llenar las gradas con una bandera es parte del deporte. Forzar una entrada, empujar a otros aficionados o alterar el orden no lo es.
No podemos confundir hospitalidad con permisividad.
República Dominicana abrió uno de sus principales escenarios deportivos para un encuentro internacional y todo visitante, dominicano o extranjero, tiene la obligación de respetar las normas del país y las reglas establecidas para entrar al estadio.
Si alguien pagó una boleta, tenía derecho a entrar en condiciones organizadas.
Si alguien no tenía entrada, no adquiría por eso el derecho de abrirse paso por la fuerza.
Haití ya tiene suficiente caos
Es imposible observar esas imágenes sin pensar en la realidad que atraviesa Haití.
El vecino país vive una crisis de seguridad de enormes proporciones. Cerca de 1.5 millones de personas están desplazadas por la violencia y los grupos armados han extendido sus operaciones fuera de Puerto Príncipe hacia otras regiones.
Esa realidad no convierte a cada ciudadano haitiano en responsable del caos de su país.
Pero precisamente porque esa situación es tan grave, quienes llegan a República Dominicana deberían entender también la importancia de respetar el orden de una nación que mantiene abiertas sus instalaciones deportivas y permite que miles de personas apoyen libremente a su selección.
El problema no fue que hubiera miles de haitianos en el Félix Sánchez.
El problema fue la conducta de quienes decidieron que una puerta, una fila o un control de seguridad podían ignorarse.
Y eso debe decirse sin complejos.
Un estadio renovado exige respeto
República Dominicana ha invertido para mejorar el Estadio Olímpico Félix Sánchez y convertirlo nuevamente en escenario de grandes acontecimientos.
Pero una infraestructura renovada merece también respeto.
No tiene sentido rehabilitar instalaciones para que después una multitud termine poniendo en peligro puertas, accesos o a los propios asistentes.
Los organizadores también tienen preguntas que responder. Un partido con entradas agotadas y una convocatoria de esta magnitud exigía un dispositivo de seguridad capaz de anticipar una presión extraordinaria sobre los accesos.
Una cosa no elimina la otra.
Puede haber fallas de organización y, al mismo tiempo, comportamientos individuales inaceptables.
El 4-1 fue lo menos preocupante
Haití ganó 4-1.
República Dominicana perdió.
Eso dura 90 minutos y se corrige jugando mejor el próximo partido.
Lo ocurrido en las puertas deja una preocupación distinta.
El país puede recibir visitantes, organizar eventos y compartir un estadio con miles de aficionados haitianos sin renunciar a algo elemental: aquí las normas deben respetarse.
La difícil situación de Haití no debe importarse hacia nuestras calles ni hacia nuestros escenarios deportivos.
Y tampoco debemos permitir que los incidentes de una noche se conviertan en una excusa para señalar colectivamente a toda una población.
Hay que distinguir.
Al que fue a celebrar fútbol, respeto.
Al que provocó desorden, que responda por sus actos.
Porque una cosa debe quedar clara después de lo ocurrido en el Félix Sánchez:
República Dominicana puede abrir sus puertas. Lo que no puede hacer es renunciar al orden dentro de ellas.




