Por Lissette Lantigua
A veces la maternidad nos enseña su primera lección antes de que el bebé nazca: no tenemos el control de nada. Todas las que me siguen saben que soy una mujer de planes, de agendas y de orden.
Tenía mi fecha marcada en el calendario para el 11 de noviembre, el día en que entraría en mi semana 38 y recibiría a mi hija con todo bajo control. Pero la vida, o quizás la misma bebé, decidió que no podíamos esperar más.
El 6 de noviembre, cuando apenas cursaba la semana 37, fui al consultorio de la doctora Katia Martínez con un objetivo simple: buscar un papel para el depósito de sangre de mi cesárea programada. Era un trámite más, una diligencia de rutina. Sin embargo, Katia, con esa intuición que solo tienen los grandes médicos, decidió tomarme la presión por precaución. Ahí empezó una secuencia que nunca olvidaré. La primera toma salió sumamente alta. Finalmente, bajamos a la emergencia para una tercera toma y la cifra seguía ahí, inamovible y peligrosa.
En ese instante, las palabras de la doctora cortaron el aire: «Llama a la persona que anda contigo. Hay que desembarazarte ahora mismo porque estás haciendo una preeclampsia«. Sentir que el mundo se acelera mientras tú te quedas quieta en una camilla de emergencia es una sensación difícil de describir. Llamé a mi esposo, que me acompañaba ese día. Cuando entró y me vio allí, su cara fue de total sorpresa. En medio del caos, surgió en mí una calma protectora: «Tranquilo», le dije, «es por seguridad, antes de que me le pase algo a la bebé o a mí».
Gracias a Dios, mi instinto me había hecho preparar el bulto desde la semana 35 y ya estaba en el carro. No hubo que correr a casa, solo hubo que confiar. Llamé a mis hermanas y a mi madre en Santiago; el anuncio fue breve pero cargado de realidad: «Me van a desembarazar». Necesitaban estabilizarme, bajar esa presión que amenazaba con complicarlo todo antes de entrar a cirugía. Me administraron medicamentos para darme una oportunidad.
Luego me llevaron a preparto y una vez en el quirófano, me encontré con mi equipo: la doctora Katia Martínez, el anestesiólogo, la pediatra y el médico ayudante. El frío del aire acondicionado y el miedo me ganaron por un momento. Mis manos empezaron a temblar de tal forma que se pusieron moradas. Fue entonces cuando el ayudante de la doctora hizo algo que me salvó: me abrazó y me dijo al oído: «Tranquila, Lissette, este es un proceso«.
Me acostaron y la anestesia comenzó a adormecer mi cuerpo de la cintura hacia abajo. Pusieron esa manta frente a mi rostro, separando la técnica médica del milagro que estaba por ocurrir. Fueron treinta minutos en los que el tiempo se suspendió. De repente, el silencio se rompió con su llanto. Miré el reloj de la pared: eran exactamente las 12:35 de la tarde.
Ese 6 de noviembre, a esa hora exacta, mi bebé salió de adentro de mí. El corazón se me puso grande, inmenso, de pura felicidad al saber que ya estaba fuera, que estaba bien. La limpiaron y me la acercaron a la cara; le di unos besitos de amor que recuerdo súper fríos por la temperatura del quirófano, pero cargados de todo el calor que una madre puede dar. En ese instante de plenitud, con mi bebé al lado, sentí que la batalla había terminado y que todo estaría bien. No tenía forma de saber que lo que venía después serían los peores siete días de mi vida.





