Por Osvaldo Reyes
El discurso de Luis Abinader ante la 81.ª Asamblea General de las Naciones Unidas puede leerse desde varios ángulos, pero hay uno que conecta buena parte de su intervención: República Dominicana intenta explicar al mundo hasta dónde llegan sus posibilidades y dónde comienzan responsabilidades que necesitan una respuesta internacional.
Ese argumento apareció de manera especialmente clara cuando habló de Haití.
Abinader reiteró que “no existe una solución dominicana a la crisis haitiana” y pidió completar el despliegue de la fuerza internacional, hacer cumplir el embargo de armas y fortalecer las instituciones haitianas. Según el mandatario, la fuerza autorizada cuenta apenas con una quinta parte de los efectivos previstos.
El planteamiento tiene dos dimensiones. Por un lado, República Dominicana defiende su derecho a proteger su frontera y aplicar sus leyes migratorias. Por otro lado, insiste en que la estabilización de Haití debe producirse dentro del propio territorio haitiano y con una participación mucho mayor de la comunidad internacional.
Eso convierte el mensaje en algo más que una reiteración de la posición dominicana sobre Haití. Es también un reclamo sobre los límites de lo que puede exigirse a un país vecino frente al colapso institucional de otro.
Pero Haití no fue el único ejemplo.
Abinader llevó al escenario de Naciones Unidas otra vulnerabilidad que los dominicanos conocen de una manera mucho más cotidiana: los precios de los combustibles y de los alimentos.
El mandatario recordó que República Dominicana importa los combustibles que consume y argumentó que las guerras en Europa y Oriente Medio terminan trasladándose a los precios internos sin que el país pueda controlar la cotización internacional.
Ese punto probablemente sea uno de los más fáciles de relacionar con la vida diaria.
Una guerra puede ocurrir a miles de kilómetros, pero si aumenta el petróleo, sube el costo del transporte. Si aumentan los fertilizantes, pueden crecer los costos agrícolas. Si se encarece la logística internacional, la presión termina alcanzando mercancías, empresas, consumidores y también al presupuesto público cuando el Gobierno decide subsidiar parte de esos aumentos.
En ese sentido, el discurso intentó traducir la geopolítica a una realidad doméstica: para República Dominicana, la estabilidad internacional también tiene un precio económico.
Hay un tercer elemento igualmente importante: la condición de país insular.
Abinader pidió que los organismos financieros internacionales incorporen indicadores de vulnerabilidad más amplios que el simple ingreso per cápita y sostuvo que los países de renta media pueden seguir enfrentando grandes fragilidades aunque sus estadísticas económicas mejoren. También habló del cambio climático, el aumento del nivel del mar y el sargazo como problemas especialmente sensibles para el Caribe.
Aquí aparece una aparente paradoja que merece atención.
República Dominicana quiere proyectarse internacionalmente como una economía que crece, atrae inversión, aumenta sus exportaciones y recibe más turistas. Abinader destacó ante la ONU una pobreza monetaria de 14.6 % en el primer semestre de 2026, inversión extranjera superior a US$5,000 millones en 2025 y exportaciones cercanas a US$16,000 millones.
Pero, al mismo tiempo, el país busca que ese progreso no oculte sus vulnerabilidades.
En otras palabras: crecer no significa dejar de ser vulnerable.
Una economía puede recibir millones de turistas y captar inversión extranjera, pero continuar dependiendo del combustible importado. Puede mejorar sus indicadores de pobreza y seguir expuesta a huracanes, al sargazo, al aumento del nivel del mar o a una crisis política y humanitaria del otro lado de la frontera.
Ese contraste ayuda a entender buena parte del mensaje dominicano en Naciones Unidas.
El discurso también dejó una pregunta que trasciende a este Gobierno: ¿qué capacidad real tienen los países pequeños para protegerse de crisis que no provocaron y que tampoco pueden resolver solos?
La respuesta de Abinader fue apostar por el multilateralismo. Defendió un orden internacional basado en reglas y pidió unas Naciones Unidas más capaces de convertir resoluciones en acciones concretas.
Ahí está probablemente el punto que deberá evaluarse con el tiempo.
Los discursos ante la ONU permiten fijar posiciones, llamar la atención y construir alianzas, pero su efecto final depende de lo que ocurra después: si llegan los efectivos prometidos a Haití, si se fortalece la institucionalidad haitiana, si los mecanismos internacionales de financiamiento cambian y si los países más vulnerables reciben respuestas acordes con los riesgos que enfrentan.
Por eso, más que las frases pronunciadas desde el podio, el verdadero balance del discurso estará en cuánto de ese mensaje se convierte posteriormente en decisiones.
Abinader llevó a Nueva York una tesis sencilla: República Dominicana puede hacer su parte, pero hay problemas que superan ampliamente sus fronteras.
Y esa discusión —desde Haití hasta el petróleo, pasando por el clima— probablemente seguirá acompañando al país mucho después de que termine esta Asamblea General.




