SANTO DOMINGO.– Sin importar en qué momento de la vida se encuentre una persona o la edad en la que conoció a su pareja, toda relación afectiva transita por distintas etapas que incluyen altas, bajas y momentos de compromiso.
Si bien el paso tradicional suele asociarse al matrimonio o a la mudanza conjunta, existe un compromiso emocional previo que implica formalizar el vínculo y compartir un proyecto de vida.
Sin embargo, dar el paso hacia la convivencia bajo el mismo techo puede generar temores en muchos cónyuges. En una conversación con el psicólogo de parejas Rafael Durán, se desglosaron los motivos que llevan a parejas estables y duraderas a optar por residir en espacios separados.
Entre los factores que influyen en esta decisión figuran cuestiones laborales, características de la personalidad, la preferencia por la soledad, el deseo de preservar la independencia o la incomodidad ante hábitos como el desorden del otro.
Asimismo, los hijos juegan un papel determinante cuando uno de los miembros prefiere criarlos en solitario, existen resistencias hacia la figura de padrastro o madrastra, o persisten temores vinculados al cuidado y la protección familiar.
El terapeuta aseguró que «no existe diferencia entre una pareja que elige vivir separada por convicción y una que lo hace por miedo al compromiso o a la convivencia. Si hay acuerdo y reglas claras en la pareja la estabilidad se garantiza».
Respecto al impacto en el vínculo, Durán afirma que la distancia física puede fortalecer la relación o generar mayor distancia emocional, un riesgo que también puede manifestarse en convivencias tradicionales. «Vivir en camas separadas no parece afectar negativamente a la pareja. Tampoco es una señal de tensión.
Cuando la pareja duerme en una cama y alguno se va a otra cama por varios días o meses, sí es signo de que puede haber problemas, pero si ha habido un consenso en la pareja, no», sostuvo.
Entre los principales conflictos que pueden surgir en estas dinámicas se encuentran los desacuerdos en los roles, el manejo del presupuesto, las diferencias religiosas, las disputas con la familia política o los amigos, la mala comunicación y la pérdida de confianza. De igual forma, la presión social y familiar puede influir negativamente y propiciar un divorcio emocional.
No obstante, el especialista concluyó que, al gestionar adecuadamente los conflictos y preservar la intimidad, la confianza y el compromiso, las parejas pueden alcanzar estabilidad y felicidad residiendo en hogares diferentes.




