Por: Henry M. Domínguez
En la política partidaria dominicana, está emergiendo un fenómeno que considero sumamente interesante y, a la vez, preocupante: los que he bautizado como “líderes Theranos”.
No son criaturas mitológicas ni mártires patrios. Son algo distinto. Son esos políticos que se han dedicado a construir una narrativa artificial de sí mismos: un relato cuidadosamente elaborado, con una estética de liderazgo pulcra, una retórica prometedora de futuro y una envoltura de “gestión moderna” o “transformadora”. Sin embargo, si uno se toma el tiempo de examinar de cerca, este relato no resiste ni el más mínimo proceso de due diligence.
El problema actual es que son tantos, y se han posicionado tan cerca del poder —ya sea real o simbólico—, que logran vender, y a veces imponer, la percepción de que son lo que afirman ser. Un liderazgo sustentado más en la repetición constante, la estética cuidada, y el acceso a recursos y cámaras, que en resultados verificables, una trayectoria legítima o una sustancia política genuina.
Porque, al igual que Theranos —aquella startup que prometía revolucionar la medicina con una máquina capaz de realizar cientos de pruebas con una sola gota de sangre—, estos líderes se presentan como la solución mágica a todos los problemas del partido, del país o de la política en general.
Elizabeth Holmes, la fundadora de Theranos, hablaba con pasión, vestía como Steve Jobs y logró convencer a una gran parte de Silicon Valley de que estaba construyendo el futuro. Pero, al final, su tecnología nunca funcionó. Todo resultó ser una gran mentira, sostenida por un marketing agresivo, secretismo y la incapacidad (o falta de voluntad) de muchos para hacer las preguntas difíciles.
Exactamente lo mismo ocurre con nuestros líderes Theranos: repiten mantras de transformación, inclusión, juventud o “nuevo liderazgo”, pero sus acciones concretas no dejan rastro alguno de impacto real. Algunos ni siquiera han logrado ganar una mesa electoral. Otros solo han existido en notas de prensa o en redes sociales manejadas por agencias de comunicación.
Hoy, Elizabeth Holmes está en prisión. Su empresa, cerrada. Y su historia sirve como una clara advertencia: no todo el que habla bonito, viste sobrio y cita a Mandela está construyendo algo real.
Ya es hora de que dejemos de evaluar a nuestros dirigentes como si fuéramos inversores distraídos. Los “líderes Theranos” no pueden sostenerse si hay fiscalización política, pensamiento crítico y ciudadanos o militantes que sepan mirar más allá del traje bien cortado o del “buen manejo de redes”.
Porque el problema no es la existencia de estos personajes —siempre han existido—, el problema es que hoy están siendo promovidos como referentes, como “nuevas caras” o como piezas clave de un relevo generacional que, si no se aborda con cautela, podría resultar peor que el anterior.
Y, como en los mercados financieros, cuando se invierte en humo… siempre se termina pagando un precio muy alto.





