Hasta donde alcanza la vista, José Fernández solo ve muebles quemados, muros a medio caer y montañas de ceniza. «No tengo dinero, no tengo documentos, no tengo casa», clama este jubilado de 74 años, víctima de los incendios cerca de Madrid.
El hombre muestra con un gesto de resignación su finca totalmente calcinada en Pelayos de la Presa, al oeste de la capital española. El incendio avanzó desde la zona del pantano de San Juan, una de las más afectadas de este municipio que vive del turismo acuático y de la belleza de su entorno natural.
Ahora el pueblo está medio vacío. Muchos de sus habitantes, desalojados a finales de la semana pasada cuando llegaron las llamas, apenas empiezan a regresar a sus casas una vez levantadas las órdenes de evacuación.
Cuando el fuego llegó a la casa donde José Fernández vive con su mujer desde hace 35 años, un guardia civil vino a decirle que tenía que irse, pero se negó en un principio intentando defender su propiedad. Al final tuvo que marcharse sin poder salvar nada.
Ya han pasado dos días desde que pudo acceder a la finca, pero este martes seguía recorriéndola, rehaciendo una y otra vez el inventario de todo lo que ha perdido.
«Todo se ha quedado ahí»
Junto a la vivienda principal, en ruinas, la finca tiene un gran patio donde acumulaba el material y las herramientas de toda una vida de trabajo: la nevera y las sillas del bar que tuvo hace años, una camioneta de cuando trabajaba en la construcción, el material de fontanería y las herramientas de su época como reparador de electrodomésticos. Todo destruido.
«Esto ya se quedó en una ruina total. Ahí teníamos la chimenea. Imagínese», dice paseando entre cascotes con la voz entrecortada.
Pelayos de la Presa, de 3,000 habitantes, se ha visto afectado por el «monstruo» del fuego, como lo llama su alcalde, Antonio Sin. En total, una quincena de familias han perdido sus viviendas principales y la prioridad ahora es realojarlas.
Paseando por sus calles se ven casas ennegrecidas junto a otras que han quedado intactas, una muestra del azar incontrolable con el que actuaron el fuego y el viento.
«Hay que ir solucionando problema a problema, intentando valorar la importancia de más a menos y sabiendo que aquí hay un trabajo de años», afirma el alcalde.
Para José Fernández también empieza ahora una nueva vida. El ayuntamiento le ha ofrecido alojamiento y amigos y vecinos se han volcado para ayudarle.
«Esta catástrofe es imposible», concluye con los ojos vidriosos. «Todo se ha quedado ahí».




