Por Osvaldo Reyes
Santo Domingo. — Hay números que no deberían existir, pero existen. Y cuando se colocan uno al lado del otro, dejan de ser cifras para convertirse en un eco incómodo, persistente, casi insoportable.
Desde 2024, las alertas han sido claras. Un informe de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) reveló que 93 ciudadanos estadounidenses murieron tras someterse a cirugías estéticas en República Dominicana entre 2009 y 2022, con un aumento notable en los últimos años del período . Más de la mitad de esas muertes ocurrieron después de 2018, en paralelo al auge del turismo médico .
Pero las cifras no se detienen en el pasado.
Datos recientes del Ministerio de Salud Pública indican que en 2025 se registraron al menos tres muertes vinculadas a procedimientos estéticos, mientras que en lo que va de 2026 ya se han reportado dos casos más . Casos que, aunque estadísticamente bajos frente a las más de 60 mil intervenciones anuales, no dejan de ser vidas truncadas.
Cada número tiene rostro. Cada estadística, una historia.
Y en ese listado que crece en silencio, hoy se inscribe el nombre de Anyeli Meliza Sánchez Castillo. Una más. Una que no debía ser.
La paradoja es cruel: mientras la industria estética florece —posicionando al país como líder regional—, también crecen las sombras. Procedimientos múltiples en una sola intervención, clínicas cuestionadas, especialistas fuera de los gremios, y un sistema que parece reaccionar siempre después, nunca antes.
No es solo negligencia. Es cultura. Es presión social. Es la idea —cada vez más normalizada— de que el cuerpo es un proyecto urgente, moldeable, inmediato.
Pero el cuerpo no es una tendencia.
Los expertos ya lo habían advertido: gran parte de las muertes están relacionadas con embolias grasas o complicaciones derivadas de múltiples procedimientos simultáneos . Es decir, no es el azar. Es el exceso.
Y mientras tanto, las preguntas siguen abiertas:
¿Quién regula realmente?
¿Quién supervisa?
¿Quién responde cuando el resultado es la muerte?
Hoy, el dolor de una familia vuelve a poner el tema sobre la mesa. Pero la memoria colectiva en República Dominicana suele ser corta, frágil, selectiva.
Mañana, otro caso podría ocupar el titular.
Y luego otro.
Hasta que entendamos que no son casos aislados, sino una cadena.
Porque cuando la belleza se convierte en negocio sin control, el precio deja de medirse en dinero.
Se mide en vidas.





