Por Osvaldo Reyes
Esta vez, la voz vino de San Juan. No fue un murmullo aislado, sino un coro persistente, tejido de preocupación, memoria y defensa del agua. Y desde el Palacio, Luis Abinader respondió con una pausa: detener.
El proyecto Romero, que llevaba años flotando entre permisos, estudios y expectativas, se encontró de frente con un límite menos técnico y más humano: la voluntad colectiva. Porque hay decisiones que no se miden solo en informes, sino en la respiración de una comunidad que siente que algo esencial está en juego.
“Este Gobierno escucha”, dijo el presidente. Pero escuchar, en política, no es solo oír; es asumir el costo de frenar, incluso cuando el camino ya parecía trazado. Es reconocer que el desarrollo no puede avanzar si deja atrás la confianza.
La Ley 64-00 aparece entonces no como un trámite, sino como un recordatorio: cuando el rechazo es masivo, la viabilidad se desmorona. No por falta de recursos, sino por ausencia de legitimidad.
Romero no era todavía explotación, apenas una promesa en evaluación. Pero incluso las promesas pueden inquietar cuando tocan territorios sensibles. San Juan habló antes de que la maquinaria hablara por ella.
Y en esa decisión hay una señal que trasciende lo inmediato: gobernar también es saber detenerse.
Queda ahora la otra mitad del desafío. Escuchar no puede ser un acto excepcional, sino una práctica constante. Porque si la política quiere sostenerse, tendrá que aprender —una y otra vez— a leer el pulso de la gente antes de marcar el ritmo del país.







