Por Osvaldo Reyes
El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca ha redibujado el mapa geopolítico en América Latina, convirtiendo la región en un «campo minado» de presiones económicas, militares y migratorias. Tal como señala el profesor Alejandro Frenkel, la posición de asimetría con Estados Unidos es una base ineludible para cualquier país del hemisferio, y la segunda administración de Trump ha expuesto esta desigualdad con una intensidad notablemente mayor.
La respuesta de los líderes latinoamericanos es un estudio de caso en la política de supervivencia y pragmatismo, oscilando drásticamente entre la alianza incondicional y la confrontación directa.
La necesidad económica parece ser el principal motor de la alianza. El presidente argentino Javier Milei se ha posicionado como un «ferviente aliado» de Trump, en busca de un salvavidas para la extenuada economía argentina. Su política es de alineamiento total («hace lo que Trump haga y lo que Trump quiera»), garantizando acceso preferente al mercado y logrando un acuerdo comercial clave para las exportaciones de carne.
De manera similar, Nayib Bukele en El Salvador y Daniel Noboa en Ecuador han intercambiado cooperación en temas sensibles —principalmente la recepción de migrantes deportados y el apoyo al despliegue militar en el Caribe— por concesiones vitales, como la prórroga temporal del estatus migratorio para miles de salvadoreños y una mayor cooperación en la lucha contra el crimen organizado para Ecuador. Para estos líderes, la subordinación aparente se traduce en beneficios inmediatos de seguridad o estabilidad social.
En el otro extremo, el presidente de Colombia, el izquierdista Gustavo Petro, ha optado por el enfrentamiento ideológico, llegando a tildar a Trump de «grosero e ignorante» y compararlo con Adolf Hitler. La denuncia abierta del trato a migrantes y los ataques contra presuntos narcotraficantes en el Caribe han marcado su distancia, llevando a Colombia a buscar refugio económico en Pekín a través de las Nuevas Rutas de la Seda.
Aunque esta confrontación le costó sanciones, la respuesta de Brasil bajo Lula da Silva ha sido más «pragmática y firme», denunciando los aranceles punitivos como una «interferencia» extranjera. La clave de Brasil, como bien señala Oliver Stuenkel, reside en un cambio fundamental en su balanza comercial: su creciente dependencia de China le otorga un margen de maniobra que no existía hace 25 años. La confrontación, o al menos la firmeza, solo es sostenible cuando el músculo económico respalda la postura diplomática.
Negociar en la cuerda floja
El caso de México ejemplifica la complejidad de una dependencia extrema. La presidenta Claudia Sheinbaum no puede permitirse un enfrentamiento público, dado que más del 80% de sus exportaciones van a Estados Unidos. Su estrategia es la «diplomacia silenciosa»: acuerdos a puerta cerrada sobre migración y lucha contra carteles a cambio de evitar la ira de la guerra arancelaria.
Esta misma táctica se observa en Venezuela, que, ante el despliegue naval en el Caribe, se esfuerza por «no provocar a Estados Unidos» mientras negocia la liberación de prisioneros por la continuidad operativa de Chevron. Es una forma de gestionar la asimetría, negociando mínimos acuerdos para evitar el colapso, mientras se mantiene una retórica de amenaza.
En resumen, la segunda era Trump en América Latina no solo ha revivido el intervencionismo, sino que ha obligado a los líderes a calcular meticulosamente su posición. O se cede a cambio de un salvavidas económico/político, o se desafía con el riesgo de castigos, un lujo que solo las economías diversificadas pueden permitirse. La región se encuentra en una encrucijada donde la soberanía se negocia diariamente bajo la sombra del poder del Norte.












