Los ataques contra infraestructuras críticas han alcanzado un nuevo y peligroso nivel en el conflicto de Oriente Medio con bombardeos contra plantas de desalinización, un sector vital para la supervivencia de millones de personas.
Una planta desaladora en Baréin sufrió daños este domingo tras un ataque con drones iraníes, acción que se produce un día después de que Teherán denunciara una ofensiva similar en Qeshm, Irán, que afectó el suministro de agua en 30 pueblos.
Aunque las agresiones son limitadas por el momento, expertos advierten que atacar el recurso hídrico podría desencadenar una guerra mucho más devastadora.
En una de las regiones más áridas del mundo, donde el acceso al agua es diez veces inferior a la media global, estas instalaciones son el pilar de la economía y el consumo humano.
En países como Arabia Saudita, el 70 % del agua potable proviene de la desalinización, cifra que asciende al 90 % en Kuwait. Según informes estratégicos de la CIA y cables de Wikileaks, la destrucción de plantas clave como la de Jubail obligaría a la evacuación total de ciudades como Riad en apenas una semana, evidenciando la extrema vulnerabilidad de los centros urbanos del Golfo.
Ante la amenaza de drones y misiles, las autoridades han reforzado la seguridad perimetral y, en algunos casos, han instalado baterías de misiles alrededor de las plantas más grandes.
Empresas internacionales como la francesa Veolia mantienen una vigilancia constante sobre sus operaciones en Omán y Arabia Saudita. Aunque existen salvaguardas como reservas de consumo para varios días e interconexiones entre plantas, un ataque prolongado provocaría éxodos masivos y parálisis en sectores económicos clave como la industria, el turismo y los centros de datos.





