Redacción Salud.– Darse una pequeña recompensa después de completar una tarea puede contribuir a crear y mantener determinados hábitos, pero su efectividad depende de que el incentivo esté relacionado con una meta concreta y no se convierta en una respuesta automática ante el estrés, el cansancio o las emociones negativas.
Los llamados pequeños caprichos han ganado terreno como una estrategia para hacer más llevaderas actividades que requieren esfuerzo, como hacer ejercicio, organizar una rutina, estudiar o completar una tarea que se ha postergado.
La evidencia científica apunta a que una experiencia agradable asociada a una conducta puede favorecer su repetición y, con el tiempo, contribuir a que esa acción se convierta en parte de una rutina.
El placer también interviene en la formación de hábitos
Una investigación publicada en BMC Psychology por científicos vinculados al Imperial College London analizó factores como el placer, la utilidad percibida, los beneficios esperados y la motivación intrínseca.
Los resultados sugieren que el placer y la motivación intrínseca pueden favorecer la formación de hábitos al estimular la repetición de determinadas conductas y facilitar su automatización.
Una revisión publicada en Frontiers in Behavioral Neuroscience también examinó la relación entre los mecanismos de recompensa y los cambios de comportamiento asociados con la salud.
El análisis señala que los sistemas cerebrales relacionados con la recompensa, la expectativa y el aprendizaje participan en la modificación de conductas, aunque los resultados pueden variar dependiendo del tipo de incentivo y de la motivación de cada persona.
¿Cuándo deja de ser beneficiosa la recompensa?
La clave estaría en para qué se utiliza el premio.
No es lo mismo establecer una pequeña gratificación después de cumplir una tarea específica que recurrir sistemáticamente a determinados consumos para enfrentar emociones desagradables.
Un estudio publicado en Frontiers in Psychology en 2026 analizó decisiones de autorregalo y encontró diferencias en los consumos elegidos dependiendo de cómo las personas imaginaban que había transcurrido su día.
Después de un mal día aumentaba la preferencia por alternativas relacionadas con el consuelo, como chocolate, comida para llevar, alcohol u otras experiencias placenteras.
Esto marca una diferencia importante: una recompensa vinculada al cumplimiento de una meta puede funcionar como refuerzo, mientras que utilizarla automáticamente para compensar el malestar responde a una dinámica distinta.
El exceso puede reducir el efecto
Otra investigación, publicada en Psychophysiology, encontró que la respuesta cerebral ante recompensas relacionadas con el placer inmediato tendía a disminuir más rápidamente cuando estas se repetían.
En otras palabras, convertir permanentemente una recompensa en algo cotidiano puede hacer que pierda parte de su capacidad de motivación.
La evidencia disponible apunta, por tanto, a un principio sencillo: las pequeñas gratificaciones pueden ser útiles para impulsar determinados comportamientos, pero funcionan mejor cuando acompañan una meta, mantienen límites y no sustituyen la motivación principal.




